domingo, 2 de enero de 2011

Recordando como dibujar estrellas con los dedos....


“Todas las historias tienen final.” Era la voz de mi abuela que sonaba desde la puerta de la habitación.

Me había sorprendido leyendo la más vieja de sus historias, pero para mi sorpresa, su cara no demostraba enfado sino, más bien, resignación.

La sensación del principio se desvaneció, la curiosidad de explorar lo prohibido había dado paso a una tristeza que, por mi edad, aún desconocía.


Seguí a mi abuela hasta su butaca, sentada, miraba a lo lejos y en sus ojos se podía ver, hasta casi tocar, una oleada de sentimientos, de alegría y tristeza, de un pasado lejano que no recordaba desde hacía mucho tiempo...


Me senté en el suelo, cerca de ella. Me sentía mal por lo que había hecho; aunque no tuviese claro que era lo que le hacia tanto daño. Con la voz entrecortada le pregunte: “y....¿cuál es el final de esta, abuela?”


“Casi no lo recuerdo...hace tanto tiempo...

Creí que el polvo acabaría por borrar lo que el tiempo no pudo, pero el metal de esos robots no desaparece con tanta facilidad....parece que sólo se ha oxidado un poco.”


En ese momento no entendía nada, solo...eran robots.


Los minutos pasaban y ella seguía allí, inmóvil, inerte...regresando a un lugar donde la historia cobraba vida, sonriéndose con retazos de recuerdos de historias divertidas, de vivencias felices, de momentos compartidos....se decía así misma que pasara por alto el final, para qué quedarse con eso? para que revivirlo cuando ya no se podía hacer nada?


Pasaron los minutos, diría que hasta horas...me acabe aburriendo, olvidándome de la historia, de los robots del desván y me entretuve con cualquier otra cosa esperando a que me vinieran a recoger.


Ella permaneció en su butaca, pero su semblante había cambiado, su cuerpo estaba relajado, con una expresión de nostalgia y los ojos húmedos, miraba al cielo por la ventana y con la mano levantada dibujaba algo en el aire con sus dedos temblorosos.


“Un día, después de algún tiempo en aquel bosque, la compañía se volvió extraña para ambos robots, su naturaleza era solitaria, y volvieron a sus costumbres...alejándose cada día un poco más.


P08 ya no necesitaba a E25 para alumbrar sus noches, ya que alrededor de la casa habían instalado un montón de farolillos que lo ayudaban, sobretodo, en esas noches de tormenta. Y sentía que su enorme galaxia era aún más robóticamente perfecta.


Y E25 cerró con candado su falsa caja de fusibles donde protegía su cable marrón, no se la volvió a enseñar a nadie y quiso volver a ser aquello que todos creían que era y que nadie se molestaría en averiguar, a pesar de haberse sentido a gusto al mostrarle a alguien su secreto, de esta forma le era más fácil.


Un día, sin más, sus caminos chocaron y acabaron por separarse para siempre, ya que en otra cosa que se parecían era en mirar, siempre, cada uno lo suyo. Alguna vez se descubrieron volviendo la vista atrás, rápido, sólo de reojo, pero sus carcasas robustas, brillantes e imponentes no estaban hechas para eso....


Al cabo del tiempo, esos días en la casa del bosque sólo eran un recuerdo de otra época, de otros robots que no se les parecían en nada...o eso querían pensar.


Los dos acabaron en una caja, en silencio y como si no se conocieran.

Pero en su recuerdo quedaría siempre una imagen: sentados en el barro, P08 dibujando estrellas con los dedos de E25.”


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